Salud espiritual, mental y física

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Somos seres de energía sostenidos por la energía cósmica divina. Recibimos esa energía a través de las 7 chacras, que son los centros de conciencia de nuestro cuerpo etéreo, el cual es la envoltura de nuestra alma cargada. De esta mayor o menor carga depende que estos centros sean más o menos activos y receptivos para dar entrada a la cantidad y calidad de energía que recibimos en forma de corrientes electromagnéticas. Y el sistema nervioso es el vehículo por el que se establece la relación entre esas corrientes y el cuerpo físico.
Según su grado de evolución espiritual, cada persona tiene una particular vibración energética, y es emisor y receptor de energías afines. Una persona altruista, bondadosa, que se esfuerza por vivir en armonía con las leyes divinas y con sus semejantes, recibirá mucha más energía y esta será positiva y saludable, ya que procederá de planos espirituales superiores, por lo que gozará de buena salud quien la recibe y tendrá un talante tranquilo y optimista, ya que su sistema nervioso recibe un alimento energético de alta vibración que le permite estar distendido, y sus células y órganos corporales reciben impulsos que les llevan a la armonía y al equilibrio celular y fisiológico.

Todo lo contrario sucede cuando la persona está orientada hacia el mundo inferior, hacia el mundo de los sentidos y del mío, mí y para mí y piensa, siente o actúa negativamente, o sea, contra las leyes del amor a Dios y al prójimo. Entonces los centros receptores de energía, los chacras o centros de conciencia del alma cargada, reciben la cantidad de energía espiritual pura correspondiente a su carga, menos cuanto mayor es esta, y en cambio se nutren de energía de baja vibración, de baja calidad, afín a su modo de vivir. Esto es debido no a un castigo divino, sino a una ley cósmica inexorable: Lo semejante atrae a lo semejante. Pero también el respeto del mundo divino al libre albedrío permite que cada persona y cada alma se oriente en la dirección que desee, aunque sea en contra de Dios. Así que por la ley de semejanza, cada persona está en comunicación inconsciente –por la vía telepática- con emisores de esa clase de energía, tanto del mundo físico como del bajo astral.

Quienes purifican poco a poco su alma, se convierten en esa medida en canales donde fluye la energía divina que revitaliza el sistema nervioso, la sangre y las células corporales, proporcionando salud y larga vida, mientras que quienes persisten en la negatividad, reciben menos energía positiva, y por tanto su sistema nervioso está contraído, anémico de la energía que precisaría para estar sano. Y la consecuencia son diversas alteraciones nerviosas que llevan cuadros patológicos: de depresión, angustia, neurosis, y un largo etc. que se transmiten finalmente al cuerpo físico y se manifiestan antes o después como alteraciones orgánicas.

De modo que la raíz de toda alteración nerviosa o física es espiritual y se encuentra en el alma del enfermo. Nadie puede curar ninguna enfermedad más que aquel que la padece, y para ello tiene que ir a las causas. Cierto que los médicos, determinadas medicinas o ciertas prácticas terapéuticas pueden contribuir a hacer retroceder los síntomas del cuerpo físico de nuevo hasta el alma, pero la causa permanece ahí encerrada pero amenazante, mientras que no se reconocen los errores espirituales y el afectado se arrepiente, pide perdón, y deja de hacer algo igual o parecido. Esto elimina la enfermedad desde raíz y evita que se reproduzca mientras no se vuelvan a repetir los mismo s errores.

Una de las prácticas terapéuticas más radicales que se lleva a cabo en la terapia contra ciertas enfermedades psicológicas o determinadas adicciones, es la hipnosis. A menudo leemos anuncios donde se ofrecen estos servicios para dejar de fumar, eliminar la ansiedad, etc. Pero existen razones de peso tanto espirituales como de efectividad curativa para poner en cuestión semejante práctica, como acabamos de ver.

Hipnotizar no es legítimo porque nadie tiene derecho a intervenir en el alma de nadie hasta anular su voluntad, ni a enviarle su propia energía para dirigir su conciencia hacia el estado que el hipnotizador considera bueno para el enfermo. Pues ¿quién está autorizado para manipular almas? ¿Qué es lo bueno para el alma del enfermo? ¿Anular los síntomas?… Por el trance hipnótico, entre el hipnotizador y el sujeto que se presta se crean lazos kármicos y dependencias recíprocas que deberán ser disueltos en algún momento mediante el arrepentimiento, el pedirse perdón mutuamente y el no volver a las andadas.

Una cosa es pedir ayuda a un médico o terapeuta y otra cosa es manipular o prestarse a ser manipulado a nivel de la voluntad, pues eso atenta contra el libre albedrío y es por ello por lo que es ilegítima esta práctica. Además el sujeto no se cura más que de los síntomas, por tanto sólo en apariencia y temporalmente, ya que seguirá recibiendo la misma cantidad de energía y de la misma calidad que la que recibió antes de manifestar su enfermedad, pues la raíz ponzoñosa está incrustada en el alma, y antes o después buscará salir al exterior a través del sistema nervioso, la sangre y las células corporales, hasta manifestarse de nuevo y tal vez con peor pronóstico si el sujeto enfermo persistió en los mismos errores espirituales que le hicieron enfermar.

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